El periodista de El Tiempo se llamaba Rodrigo Fuentes.
Cuarenta y un años, corresponsal de investigación desde hacía doce, el tipo de profesional que contesta el teléfono a cualquier hora porque las historias no tienen horario y él lo aprendió cubriendo su primera fuente de riesgo a los veintiocho, en un proceso de corrupción municipal que nadie más quiso tocar.
Adriano lo llamó a las diez de la mañana.
—Señor Fuentes. Soy Adriano Salcedo.
Una pausa breve.
—Lo estaba esperando —dijo Fuentes. Si