El último día en Cartagena, Renata fue sola a la residencia a las ocho de la mañana.
Tomás estaba en el patio. Esta vez con el café ya en la mano, que significaba que había dormido bien y que la mañana había empezado a la hora correcta.
Renata se sentó en la silla de enfrente.
Durante un momento ninguno de los dos dijo nada.
Era el tipo de silencio que solo existe entre personas que llevan mucho tiempo conociéndose y que saben que no todo necesita palabras para estar dicho.
—¿Cuándo vuelves? —p