El jueves fue para el mar.
No la playa de Bocagrande con los hoteles y los vendedores y los turistas que llegaban desde el aeropuerto siguiendo la misma ruta de siempre. La playa de Marbella, al norte, donde los locales iban porque los turistas preferían el sur y la infraestructura y los servicios que no requieren saber que la playa existe.
Renata la conocía desde los veinte años, la primera vez que había venido a Cartagena con el grupo de arquitectura de la universidad a estudiar las fachadas