—Qué lengua tan afilada tienes.
—¿Apenas te das cuenta?
—Sí —la mirada de Diego se oscureció—. Antes lo escondías muy bien.
—No —negó ella—, antes te tenía paciencia, pero ahora lo que quiero es...
—¿Qué quieres?
Natalia pronunció cada palabra con claridad:
—Mandarte al diablo.
Maldito infeliz.
Perro desgraciado.
Levantó la mano para empujar el pecho de Diego, pero no logró moverlo ni un milímetro.
Solo sintió la dureza de sus músculos bajo la palma.
No importaba. De inmediato, alzó la rodill