Injustamente acusada.
Analía se encontraba en el asiento trasero del taxi, retorciéndose y el sudor frío le recorría la frente mientras sus manos se aferraban al borde del asiento y apretaba los dientes para soportar el agudo dolor. Desesperada le gritó al conductor, tratando de controlar la respiración:
—¡Por favor, deténgase en la próxima farmacia!
El conductor asintió, y preocupado por el estado de su pasajera detuvo el taxi frente a una pequeña farmacia en la esquina. Analía salió del taxi tambaleándose y entró