Lilian acababa de dirigirse al estacionamiento, cuando de pronto una mano grande se aferró con violencia a su brazo.
Era Carlos.
Su rostro estaba encendido de ira, la mandíbula apretada, y sus ojos destilaban un furor incontrolable.
—¿Crees que voy a aceptar la derrota así como así, eh? —susurró con una voz cargada de odio. El tirón fue tan brusco que el cuerpo de Lilian casi perdió el equilibrio.
—¡Carlos, suéltame! ¡Estamos en un lugar público! —Lilian intentó zafarse, pero la fuerza de su ag