Lucien dejó las flores que traía en la mesita, se acercó a ella y le acomodó una manta en las piernas como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Ya está todo listo —dijo al fin, con aquella seguridad casi insultante—. Mañana temprano vengo por ti. Iremos directo a la mansión. Preparé la habitación de la bebé, traje dos enfermeras especializadas, y también…
—¡¡Lucien, ya basta!! —lo interrumpió, incapaz de soportar un minuto más ese futuro que él dibujaba como si ambos lo compartieran. —deja