Lucien dejó las flores que traía en la mesita, se acercó a ella y le acomodó una manta en las piernas como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Ya está todo listo —dijo al fin, con aquella seguridad casi insultante—. Mañana temprano vengo por ti. Iremos directo a la mansión. Preparé la habitación de la bebé, traje dos enfermeras especializadas, y también…
—¡¡Lucien, ya basta!! —lo interrumpió, incapaz de soportar un minuto más ese futuro que él dibujaba como si ambos lo compartieran. —deja de actuar como si aquí no estuviera pasando nada, nosotras no iremos contigo a ninguna mansión ¿Qué te pasa?
Él parpadeó, confundido.
—¿Basta… qué?
—No te hagas ilusiones —su voz tembló, pero se mantuvo firme—. Te dije desde el principio que no… que esto no significa que volveré contigo. Eres irritante hasta el cansancio, no entiendo ahora tu fingido interés.
Lucien apretó la mandíbula, pero no discutió. No dijo un “¿por qué?”. No reclamó. Solo caminó hacia la cuna de su hija, y Margaret sinti