Lucien salió del hospital con el corazón hecho un mar de sentimientos, todavía sintiendo el calor en sus manos del diminuto cuerpo de su hija y el eco de las palabras que le había dicho a Margaret. No sabía si ella lo aceptaría alguna vez, pero algo dentro de él se había encendido y ya no volvería a apagarse. Quería protegerlas a ambas, estuviera o no permitido en la lógica de Margaret. Apenas había dado diez pasos fuera del edificio cuando su teléfono vibró con una insistencia inusual. Era Carlos.
—¿Qué pasó? —contestó, sin detenerse.
—Lucien, necesitas venir al centro de detención. Es urgente —la voz de su asistente sonaba desesperada—. Antes de que trasladaran a Lorain, exigió verte. Dice que dejó algo… y que es importante.
Lucien cerró los ojos con un suspiro exasperado. Lo último que deseaba era lidiar con ese capítulo oscuro de su vida, justamente ahora cuando comenzaba a recuperar algo parecido a una dirección. Sin embargo, la palabra “urgente” de Carlos rara vez era una exagera