En cuanto Lucien cruzó la puerta, Marcus —el corpulento— empujó sin miramientos a la mujer que tenía sentada en su regazo y se puso de pie de inmediato.
Lo abrazó con tanta fuerza que casi le crujieron los huesos.
—¡Por fin apareces, desgraciado! —gruñó—. Te tardaste una eternidad. En tu ausencia han salido tipos bastante inquietos… y no precisamente amigos.
Lucien asintió con serenidad.
—Lo sé. Ya estoy al tanto.
Mientras hablaba, tomó uno de los documentos de la mesa.
—Adrien finge venir a e