Cuando la puerta se cerró detrás de Isadora y Adrien, la habitación quedó sumida en un silencio incómodo. Margaret sostuvo la cuchara entre los dedos temblorosos, como si aún intentara aferrarse a algo que le diera equilibrio. Su respiración era baja, irregular, y su rostro seguía demasiado pálido para el gusto de Lucien.
Él dio un paso hacia ella, pero ella alzó la mirada antes de que lograra acercarse más.
—¿Cuál es tu objetivo, Lucien? —preguntó con voz fría, sin rodeos—. Ya te dije antes que entre nosotros no queda nada.
Lucien no parpadeó. Simplemente se quedó viéndola fijamente a los ojos.
—No volveré a ayudar a Lorain —dijo sin vacilar—. La encerré. Y no saldrá hasta que tú decidas qué hacer con ella.
Margaret soltó una risa baja, amarga.
—Eso es lo mínimo que deberías hacer —replicó con dureza—. ¿O esperas que te dé las gracias?
—No —negó él suavemente—. No quiero agradecimientos. Solo quiero que sepas que te amo. Y que, así como tú alguna vez me buscaste… ahora seré yo quien t