Cuando la puerta se cerró detrás de Isadora y Adrien, la habitación quedó sumida en un silencio incómodo. Margaret sostuvo la cuchara entre los dedos temblorosos, como si aún intentara aferrarse a algo que le diera equilibrio. Su respiración era baja, irregular, y su rostro seguía demasiado pálido para el gusto de Lucien.
Él dio un paso hacia ella, pero ella alzó la mirada antes de que lograra acercarse más.
—¿Cuál es tu objetivo, Lucien? —preguntó con voz fría, sin rodeos—. Ya te dije antes que