Al día siguiente, la habitación del hospital perdió la calma que había logrado conservar durante la noche. Margaret apenas había dormido, entre el cansancio acumulado, la presión en el vientre y la maraña de pensamientos que se negaban a dejarla descansar.
A media mañana, un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
Isadora entró primero, sonriente pero tensa, seguida de un abogado de traje oscuro. Y detrás de ellos, como si fuera dueño del aire que lo rodeaba, apareció Adrien.
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