El cuerpo de Margaret llegó a la sala de emergencias inconsciente, con la cabeza ladeada y la piel tan pálida que parecía no quedarle ni una gota de sangre. Los médicos gritaban órdenes mientras la camilla se alejaba a toda prisa, pero ninguna de esas voces pudo tapar el golpe seco del corazón de Lucien cuando llegó corriendo al pasillo y vio cómo la arrastraban hacia el quirófano.
—¿Qué le pasó? ¡¿Qué diablos le pasó?! —rugió, tratando de alcanzar la camilla, pero un médico lo detuvo.
—Señor,