Cuando la habitación quedó finalmente en silencio, Lucien sentía vivir un giro de 180 grados en todo lo que conocía. Él se acercó al borde de la cama, y al ver su fragilidad, sintió remordimiento. Sobre todo, al verla pálida, con los labios secos, y demacrada, por todo el cansancio y el deterioro sumado que su cuerpo había recibido.
—¡Mierda! Margaret, soy un imbécil.
Por primera vez desde que la trajeron, se permitió observarla sin interrupciones. Su mirada descendió lentamente hasta detenerse en el vientre que se elevaba con suavidad bajo la bata hospitalaria. Un temblor invisible atravesó su mano cuando la acercó; la duda lo golpeó con fuerza, pero aun así dejó que sus dedos rozaran la curva marcada de aquel vientre donde latía una vida que él jamás imaginó que aún existía.
Acarició con extremo cuidado, como quien toca un milagro frágil. Sintió como una pequeña extremidad se movió debajo de la piel, y se sobresaltó.
El mundo pareció detenerse.
Un nudo se formó en su garganta. Sie