Cuando la habitación quedó finalmente en silencio, Lucien sentía vivir un giro de 180 grados en todo lo que conocía. Él se acercó al borde de la cama, y al ver su fragilidad, sintió remordimiento. Sobre todo, al verla pálida, con los labios secos, y demacrada, por todo el cansancio y el deterioro sumado que su cuerpo había recibido.
—¡Mierda! Margaret, soy un imbécil.
Por primera vez desde que la trajeron, se permitió observarla sin interrupciones. Su mirada descendió lentamente hasta deteners