—Usemos el elevador. —Margaret sugirió al verlo disponible, y Lucien la empujó contra el fondo.
Él respiraba con dificultad, el calor le subía por su cuello y se mezclaba con el temblor que le recorría las manos. Margaret lo observó con nerviosismo. La intensidad en sus ojos ya no tenía nada de elegante ni de controlado; la mirada de Lucien estaba llena de deseo, su boca, su expresión era pura lujuria.
—¿Qué demonios te pasa? —le espetó ella, intentando apartarlo.
Lucien se inclinó sobre ella y