Lucien estaba sentado junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la oscuridad. Margaret, a su lado, sostenía la mano herida sobre su regazo, intentando ocultarla. Frente a ellos, Shaira se removía nerviosa, incapaz de soportar la incomodidad que llenaba el espacio.
Lucien se inclinó hacia adelante y dio una orden seca al conductor:
—Clarens, primero, lleva a la señorita Shaira a su casa.
El chofer asintió sin decir palabra. Shaira lo miró por el retrovisor y luego volv