El joven miraba su muñeca aprisionada por la mano de Lucien, y despavorido apenas titubeaba, tratando de modular palabra, completamente preso del pánico.
—Responde —repitió Lucien, apretando con más fuerza, haciendo que los ojos del prepotente chico se llenaran de lágrimas. No entendía cómo aquel hombre —la figura más poderosa y temida de la ciudad— había intervenido en defensa de una mujer que, para él, no era más que una desconocida.
La tensión se podía cortar con un cuchillo. El murmullo de