Lorain seguía forcejeando contra las esposas con una obstinación casi salvaje. Sus muñecas estaban enrojecidas por el metal y cada movimiento le arrancaba una punzada de dolor que se extendía hasta los hombros, pero parecía incapaz de detenerse. Llevaba horas luchando, gritando, insultando, y ahora su voz apenas resistía. Cuando volvió a abrir la boca, el grito salió rasposo, ya estaba ronca de tanto gritar.
—¡Ya les dije que me suelten! —rugió con desesperación, aunque la voz ya no tenía la mi