—¡SUÉLTENME!
El grito de Lorain retumbó en las paredes húmedas del sótano mientras forcejeaba con desesperación. Sus muñecas ardían bajo el metal frío de las esposas que la mantenían con las manos atrapadas detrás de la espalda. Intentó girarse, tensó los hombros, tiró de las cadenas con toda su fuerza, pero no consiguió más que lastimarse.
—¡Malditos bastardos! ¡Les juro que cuando salga de aquí…!
Uno de los hombres que la vigilaban soltó una risa áspera. Dio un paso hacia ella y se agachó len