A la mañana siguiente, Margaret ya estaba sentada en su despacho mucho antes de la hora acordada. No había dormido más que lo indispensable; su mente había permanecido alerta, reconstruyendo cada detalle de los documentos. Frente a ella, la carpeta reposaba cerrada, pero no necesitaba abrirla para recordar las inconsistencias que la habían llevado hasta ese punto. Elize, sentada a pocos metros, revisaba algunos informes en su Tablet con la eficiencia habitual, hasta ese momento no sabía nada d