Apenas cruzaron las puertas del apartamento, Margaret buscó a su pequeña hija con la mirada, sintió alivio al volver, sobre todo después de esa reunión.
Mérida estaba de pie en la sala, meciendo a Celeste con movimientos suaves y rítmicos; la bebé tenía los ojitos enrojecidos y las mejillas húmedas, señal inequívoca de que había llorado durante un buen rato. En cuanto Margaret se acercó y la recibió en sus brazos, la pequeña emitió un sonido entrecortado, y en seguida se acunó a su pecho gimote