El sonido de unos tacones firmes resonando sobre la baldosa impecable de la oficina lo sacó de su ensimismamiento. Adrien permanecía de espaldas, observando la ciudad a través del ventanal que ocupaba casi toda la pared. Desde esa altura, el mundo parecía ordenado, predecible. Controlable. Pero en su mente nada lo estaba siendo.
El sonido se detuvo detrás de él.
Sin prisa, giró el sillón.
Al verla, una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Por fin viniste, querida Lorain.
Ella avanzó un par d