—No tengo nada que hablar contigo, papá.
Lucien ni siquiera se molestó en bajar la voz. La firmeza con la que la que dio su respuesta era inquebrantable, si el señor Ferrer pensaba que Lucien se dejaría amedrantar fácil, estaba perdiendo su tiempo.
El señor Ferrer lo observó con una serenidad estudiada. No respondió de inmediato. Tomó su copa, la giró apenas entre los dedos y luego la dejó intacta sobre la mesa.
—Es necesario que me informes cómo han estado los negocios —replicó con tono contro