Margaret apretó los dientes y, con la respiración agitada, le lanzó una mirada cargada de furia y desprecio. No quería despertar a Shaira, que dormía profundamente en el sofá, así que le habló en un tono bajo, pero lleno de la profunda rabia que la consumía.
—Lárgate, Lucien. —Su voz sonó tensa.
Él no se movió. En lugar de retroceder, se pasó los dedos por los labios ensangrentados y los observó con una sonrisa torcida. La herida era leve, pero el orgullo dolía más.
—Deberías dejar que tu amiga