El ruido de la lluvia era lo único que llenaba el silencio del apartamento. Margaret cerró la puerta detrás de sí y apoyó la espalda en ella, dejando escapar un suspiro largo. Había tenido un pésimo día. Su cabeza latía con el peso de las cifras, de los rostros hipócritas, y del encuentro con Lucien, que la había dejado desgastada hasta el alma.
Había alquilado ese lugar apenas una semana atrás. No era lujoso, ni amplio, pero tenía algo que los pent-houses de su pasado nunca tuvieron: calma. La