CAPÍTULO 126

Margaret besó la frente de su hija antes de salir. La pequeña aún estaba medio dormida, aferrada a la manta. Se quedó un segundo más observándola, como si quisiera guardarse esa imagen para el resto del día, y luego cerró la puerta con cuidado.

Tenía la agenda llena. Reuniones y un montón de negocios pendientes. El día no le daba tregua.

Bajó al parqueadero del edificio con paso firme, revisando mentalmente los puntos que debía tratar en la empresa. El taconeo resonó suave contra el concreto mientras se dirigía hacia su auto. Estaba a unos pasos de alcanzarlo cuando un aroma intenso la envolvió de pronto, colándose sin permiso por sus fosas nasales.

Margaret se detuvo en seco.

Ese olor…

No necesitó pensarlo demasiado. Lo reconocería en cualquier parte.

Se giró bruscamente y, al encontrarse con él frente a frente, llevó la mano al pecho por puro reflejo.

—¡Lucien! —exclamó—. ¡Que susto me diste!

Él estaba allí, apoyado con despreocupación contra su auto, impecable como siempre, con ese
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