—¿Cuál es tu explicación, Ernesto?
Margaret se zafó de su agarre con brusquedad y dio dos pasos atrás. Su mirada era dura, implacable, cargada de un desprecio que ya no intentaba disimular. No había lágrimas en sus ojos, solo una furia contenida que la mantenía erguida, frente a aquel hombre que le había demostrado cualquier sentimiento, menos amor.
—Te juro, Margaret… —balbuceó él, llevándose una mano al pecho—. Si yo hubiera sabido que tú eras la exesposa de Lucien, te juro que jamás habría a