Que comience el infierno (3era. Parte)
Al día siguiente, en la madrugada
Kazanlak
Dominic
El corazón me latía desbocado mientras sostenía a Arianna entre mis brazos, en el asiento trasero. Petar pisaba el acelerador rumbo al hospital, pero yo solo podía pensar en una cosa: que resistiera, que nada le sucediera a ella ni al bebé.
Me odié…me odié por haberla dejado sola, por no haberla escuchado. Por no protegerla. Y en medio de mi desesperación, su respiración débil me anclaba a la realidad.
—Ya estamos llegando al hospital —dijo Petar sin apartar la vista del camino—. Arianna no perderá al bebé.
Negué con la cabeza, el nudo cerrándome la garganta.
—Es mi culpa todo lo que está pasando —solté con la voz rota—. Yo debí quedarme a protegerla… no marcharme como un idiota a buscar venganza.
—Ya es tarde para lamentos —respondió seco—. Ahora debemos confiar en que los doctores hagan su trabajo y los salven.
Apreté la mandíbula.
—¿Por qué no me dijo que estaba embarazada? —murmuré con la voz rota—. ¿Por qué?
Petar me miró de reoj