[ZAED]
El amanecer entra sin pedir permiso, gris y lento, como si Milán supiera que no estamos listos para el día. Alya está despierta cuando abro los ojos. No me mira. Mira el techo, con una mano sobre su vientre y la otra aferrada a la sábana como si fuera un ancla.
No dormimos. O dormimos a ratos, lo suficiente para soñar con lo mismo: puertas que se cierran, voces que regresan, una guerra que no termina nunca.
—¿Cuánto llevas despierta? —pregunto en voz baja.
—Desde que empezó a aclarar —re