[ZAED]
El amanecer entra sin pedir permiso, gris y lento, como si Milán supiera que no estamos listos para el día. Alya está despierta cuando abro los ojos. No me mira. Mira el techo, con una mano sobre su vientre y la otra aferrada a la sábana como si fuera un ancla.
No dormimos. O dormimos a ratos, lo suficiente para soñar con lo mismo: puertas que se cierran, voces que regresan, una guerra que no termina nunca.
—¿Cuánto llevas despierta? —pregunto en voz baja.
—Desde que empezó a aclarar —responde—. Pensando.
Me acerco. Me apoyo de costado, mirándola. Tiene los ojos cansados, pero hay algo firme en su expresión. No resignación. Conciencia.
—Yo también —admito—. Dándole vueltas a todo.
Guarda silencio unos segundos. Luego gira el rostro hacia mí.
—No me gusta —dice—. Nada de esto me gusta.
—A mí tampoco.
—Nos están pidiendo que volvamos a la jaula —continúa—. Con palabras bonitas. Con promesas. Con miedo.
Asiento. Paso los dedos por su cabello, lento.
—Nos están pidiendo que elijamo