[ZAED]
bro la puerta con el pulso firme solo porque no puedo permitirme otra cosa.
No hay gritos. No hay escándalo. No hay irrupción violenta.
Y, curiosamente, eso es lo que más miedo me da.
Mi papá está allí, erguido como siempre, impecable incluso a esta hora, con el abrigo oscuro perfectamente acomodado sobre los hombros. A su lado está Donato. El papá de Alya. Su expresión es distinta a la de la mañana: cansada, dura, como si hubiera pasado la noche entera discutiendo con fantasmas que nunca aprendieron a callarse.
Detrás de mí siento a Alya incorporarse. No necesito mirarla para saberlo. La conozco demasiado bien. Sé cuándo se arma en silencio, cuándo junta los pedazos por dentro antes de exponerse otra vez.
—Buenas noches —dice mi papá, con una calma medida.
No respondo de inmediato.
—No esperábamos visitas —digo al fin—. Y menos a esta hora.
Donato baja la mirada un segundo antes de hablar, como si eligiera las palabras con cuidado.
—No estamos aquí para pelear.
Esa frase no me