Retrocedí un paso, otro paso y otro más. Al regresar a casa, subí las escaleras rápidamente. Como mi mamá seguía en la sala, fingí huir de ella, pero en realidad fue para ocultar las lágrimas rebeldes que descendían por mis mejillas, a pesar de que traté de detenerlas.
Cerré la puerta de la habitación detrás de mi espalda. Mi corazón pareció quedar en el pasillo, deseoso de ir detrás de los ilusos recuerdos desechados.
Tomé asiento frente al escritorio, alargué la mano a mi celular y marqué el