Eiden fue el primero en acatar la invitación. Yo me mantuve avergonzada en mi sitio, sintiendo la humillación en su máximo esplendor. Mi amiga, al ver que no reaccionaba, tomó mi mano, tironeándome al interior de la casa antes de cerrar la puerta detrás de mí.
—Mis padres llegan hasta tarde, así que tenemos casa sola —explicó antes de que le preguntara—.
El de pelo castaño estaba sentado sobre la alfombra en el suelo, con la espalda apoyada al sofá. Pegado a él, un cojín que no me sorprendería