11: Seducción.

“Luchas por no caer, pero imposible resistirse.”

Para este punto, Rose puede escuchar el latido alocado de su corazón en sus orejas, una de sus múltiples fantasías en el pasado era tener sexo con una figura de autoridad que, la hiciera temblar hasta los huesos. 

Siempre imagino a alguien como un sexy oficial de policías, quizás un juez o un empresario de esos con trajes ajustados, a los fines de coger en su escritorio, pero, alguien como Leonardo, un… ¿Párroco? No sabía el papel que este desarrollaba ahí en el templo pero, era excitante tenerlo así. 

Tocándola, incitándola a pecar y caer por aquello que tanto se había esforzado por mantener en pie. 

Irónico. 

Tras pasar tantos años luchando con lo que tanto la avergonzaba, este hombre le pedía que, se dejara llevar y que no tuviera miedo por sus impulsos que, lejos de ser algo extraño, eran los que la hacía humana. 

Sin embargo, Rose muerde su labio tan disimuladamente como puede, pero, sabe que él la observa, desde el principio, desde que puso un pie en la iglesia, los ojos de Leonardo nunca dejaron de observarla. 

Leonardo la tumba suavemente sobre el colchón y se coloca sobre ella, sosteniéndose con una mano junto a su rostro. El aroma sutil al incienso de antes, el cual la invade, es limpio y su respiración choca con el rostro de ella.

No hay donde escapar. 

—Dime… ¿quieres que te purifique a mi manera? —Pregunta él, con una sonrisa que apenas le llega a los ojos, Rose traga saliva imagino todas y cada una de las cosas que desea que ese hombre le haga.

Un hombre que se supone debería de ser santo en todo el sentido de la palabra, estaba ahí en su cama, a punto de tentarla para caer en el fruto prohibido pero, ¿y si quizás estaba jugando con su mente?

Las posibilidades son enormes, pero ella desea averiguarlo, aunque tal vez después, se arrepintiera de todo esto.

— ¿De qué manera? —Finalmente pregunta, Rose siente su rostro cálido, tan rojo como su propio cabello, sin embargo la risa suave de Leonardo le confirma que, ha imaginado cosas donde claramente no las había.

Se siente estúpida.

—Esa curiosidad e ingenuidad tuya me parece adorable. —Leonardo que aún se encuentra encima de ella, acaricia el rostro de Rose, un roce íntimo, haciendo que algo en ella se retuerza de vergüenza. —Dime, ¿realmente pensaste que sucedería algo aquí y ahora? —Rose niega con la cabeza.

Cierra los ojos muerta de vergüenza.

—Respóndeme. —Leonardo aparta la manta que los separaba y sin cuidado alguno la lanza hacia algún lugar de la diminuta habitación, provocando que el frio recorra el cuerpo de Rose. —Y será mejor que me mires cuando te hablo. —La voz de Leonardo sale grave de sus labios.

Sacude el interior de Rose sin que se dé cuenta.

—Por supuesto que no. —Miente, pese a que ruega por el aquí y ahora, y que ese hombre la folle bruscamente, de todas las formas posibles. —No es debido. —Dice con voz temblorosa. —Usted es…un hombre santo. —Rose enfrenta la mirada gris de Leonardo.

—Me agrada que sepas cuál es tu lugar aquí. —Dice él, colocando ambas piernas de Rose de una manera en la que, su rodilla quede justamente en su entrepierna desnuda. —Veo deseo en tus ojos, ¿será que me equivoco? —Rose gira la mirada.

No responde.

Leonardo en respuesta presiona suavemente su rodilla en su entrepiernas, Rose jadea, evita que un gemido salga de sus labios tapando su boca con ambas manos. Pero, no cuenta con que Leonardo ahora, la sujete.

Evitando que ella permanezca en silencio.

—Respóndeme. —Le ordena.

—N-no es cierto. —Miente ella. Leonardo suelta una risa que se pierde en la habitación. —Sera mejor que usted salga y…—Rose no continua, la presión de Leonardo ahí, es más fuerte y ella sin poder evitarlo, suelta un gemido.

Demonios. Se siente demasiado caliente.

—El gemido que sale de tus labios me lo está confirmando ahora mismo. —Leonardo toma ambas muñecas de Rose, y las eleva hacia su cabeza, haciendo que quede inmovilizada, la tiene atrapada y sin poder escapar.

Su respiración se hace pesada, y sin evitarlo humedece sus labios cada tanto, la imagen su lengua viajando por sus labios llama la atención de Leonardo, quien sin contenerse más, la besa.

Él toma control total de su boca, muerde y succiona, explora cada pequeño rincón en su cavidad bucal. El beso por supuesto que es demandante por parte de Leonardo, rose por su parte no puede hacer más que tratar de llevarle el ritmo.

Su cabeza vuelve a dar vueltas, y cuando la respiración empieza a faltarle, el poco aire que quedaba atrapado en ella, es expulsado al sentir la fría mano de Leonardo acariciando los pliegues de su vagina.

Acaricia superficialmente hasta llegar a su clítoris el cual, se levanta erecto ante el tacto frio. ¿Era correcto que un hombre supuestamente santo le hiciera esto? No lo sabe, pero le encanta como la está tocando ahora mismo.

Acaricia su clítoris en círculos, rápido, los fluidos de su vagina han logrado lubricar la parte externa de ella y antes de que pueda hacer algo más, la presencia de dos dedos en su vagina la hacen sentir llena. Cuando rose eleva la vista, la mirada gris de Leonardo la atrapada.

—Eres una pecadora, Rose. —Le murmura Leonardo con una voz que ella no parece reconocer en él. —Andas por ahí…pretendiendo ser pura…queriendo negar lo que eres y ahora, ruegas porque te deje acabar en mi mano. —Rose se arquea en la cama, pero no hay a donde ir.

Tiene encima a Leonardo, quien con sus dedos la penetra y con su dedo pulgar no deja de estimularla.

—Por favor. —Ruega ella con la voz quebrada, se siente cerca pero Leonardo se detiene abruptamente el movimiento de sus dedos, frustrándola.

— ¿Acaso quieres acabar? —Rose asiente, desesperada. —Te tengo una mala noticia. —Murmura él cerca de su oído. —Lo hará cuando se me dé la gana…a menos claro, que ruegues como es debido. —Cuando Rose está a punto de negarse ante la petición tan vergonzosa, Leonardo claro, continúa penetrándola con los dedos.

No dejándole más opción.

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