Mundo de ficçãoIniciar sessão“Despójate del orgullo. ”
Las palabras no parecen querer salir de los labios de Rose, está procesando lo que Leonardo le ha dicho, el hombre líder de una iglesia un tanto…extraña le ha dicho que, si desea acabar y tener un orgasmo, debe rogarle.
¿Rogarle? ¿Había escuchado bien?
Parece que es así, la mirada altanera y cargada de orgullo que él le ofrece se lo confirma. Rose nunca tuvo que rogar por sexo. Quizás en sus años jóvenes después de los 18 años, cuando después de descubrir el basto mundo erótico.
Quizás cuando entre sueños húmedos rogaba por ser follada, causa de esos libros que leía hasta entrada en la madrugada, pero, ahora que se lo dicen en la cara, no sabe cómo sentirse.
El rostro de rose se vuelve rojo cuando siente que, su entrepierna palpita, su vagina le hace saber que, aquello le ha gustado. Y muy en el fondo, pese a que no quiere aceptarlo, la idea de rogarle a ese hombre, la tienda.
—Estoy esperando. —La voz de Leonardo la hace salir de su trance, y ella, traga saliva. ¿Qué se supone que debe decir? ¿Por qué siente tanta vergüenza para hablar?
Y cuando se le había ocurrido que decir, Leonardo la interrumpe.
—Veo que sigues resistiéndote. —Ella parpadea en su lugar, Leonardo permanece sobre ella, con esa calma insoportable que siempre parecía llevar encima, contrario a lo que Rose pensó, él no se levanta, simplemente permanece. —Y como veo que no puedes rogarme, lo haremos a mi manera. —Le dice él.
—¿Qué? —A penas es lo que consigue decir Rose cuando, Leonardo la cambia de posición, el pecho de rose pega contra el colchón estando a cuatro sobre sus rodillas, Leonardo, sobre ella, puede sentir su respiración en su oreja, y casi puede sentir como este sonríe.
Lo que rose también siente es, nada más y nada menos que el miembro de Leonardo chocar contra su trasero, pero, la sensación de la ropa sigue ahí.
—Necesito que me expliques la razón por la cual tiemblas. —Murmura él. Acariciando lentamente su cuerpo, la sensación de que su piel se eriza bajo el tacto de Leonardo, la hace suspirar.
—No lo hago. —Murmura ella, Leonardo ríe en su oreja, suave, grave, bastante bajo como si temiera que alguien lo escuchara. Pero, rose maldice en su mente al notar como realmente está temblando, de anticipación.
Lo desea y eso la hace enojar.
—Además de mentirme, estas reprimiendo tus deseos. —Ríe Leonardo. —Abre las piernas. —Ordena él, Rose obedece casi de inmediato, la brisa fría acaricia su cuerpo y entonces, nuevamente, la mano de Leonardo se instala en su entrepierna.
Ella suspira, porque, nuevamente su clítoris es acariciado lentamente, pero lo siente como una especie de alivio, ella entierra su rostro en la almohada.
—Te ves patética —le dijo Leonardo, sin dejar de acariciarla—. Vas por ahí, fingiendo ser pura, queriendo la aprobación de una sociedad hipócrita. Mi querida, deberé educarte a mi manera.
El dedo de Leonardo presionó con firmeza el centro de su tormento, y Rose arqueó la espalda con un gemido ahogado. Odiaba la palabra. Odiaba que la llamara patética, pero el eco de la humillación bajó directo a su vientre, licuándose en un calor insoportable. Era verdad. Era una hipócrita sedienta, y él estaba desnudando su naturaleza.
El ritmo de Leonardo se volvió implacable. Rose enterró los dedos en las sábanas, perdiendo el control de su propia respiración.
Sus caderas se movían solas, buscando más, persiguiendo el abismo del orgasmo que ya se cernía sobre ella. Estaba a un segundo, a un solo roce de romperse...
Y entonces, la presión desapareció.
El vacío la golpeó como un balde de agua helada. Rose soltó un quejido agudo, un sonido involuntario de pura privación.
Sus músculos se tensaron en un espasmo frustrado, dejándola suspendida en el borde del precipicio, temblando violentamente, pero completamente vacía.
Detrás de ella, escuchó el roce de la tela cuando Leonardo se enderezó, alejándose apenas unos centímetros. La calma que emanaba de él era monstruosa.
—No te he dado permiso de terminar —murmuró su voz, suave y gélida, desde arriba—Mírate, Rose. Tiemblas como un animal herido. ¿Aún vas a negarme lo que eres? ¿O vas a pedirme que te devuelva el control?
Rose apretó los dientes, con las lágrimas de la frustración física agolpándose en sus ojos. El orgullo le gritaba que se vistiera y huyera, pero su cuerpo, sobre estimulado y abrumado, no respondía a la razón. El dolor del deseo insatisfecho era demasiado. Necesitaba que él volviera. Necesitaba terminar.
Volvió la cabeza hacia atrás, con la mirada empañada, encontrándose con los ojos oscuros y cargados de un triunfo divino —o demoníaco—.
—Por favor... —El susurro escapó de sus labios, arrastrado, rompiendo la última pizca de la fachada que tanto había protegido—. Leonardo, por favor... por favor, regresa…necesito…—La voz de Rose sale quebrada.
—¿Qué es lo que necesitas? —Pregunta Leonardo, sonriendo.
—Necesito…tú…por favor. —Ruega Rose, cierra los ojos, no quiere decirlo, pero su cuerpo le exige que culime. Y en un instante desesperado Rose trata de auto complacerse, pero, Leonardo la detiene en seco.
—No te atrevas. —Le dice. —Si quieres algo, me lo vas a pedir…vas a rogar por lo que quieres, de lo contrario, tendré que castigarte. —La fuerza que ejerce Leonardo en ella es suficiente para detenerse.
—Quiero que me hagas acabar…quiero sentirte dentro de mí. En lo más profundo de mi…por favor, te lo ruego…te lo…suplico…Leonardo. —Mientras Rose se mantiene respirando con dificultad, ante las palabras tan vergonzosas, la risa suave de Leonardo invade la habitación.
Ella muerde su labio con tanta fuerza que, siente que casi puede sangrar en el proceso. No hay caricias, la estimulación se ha detenido complemente, pronto, su cuerpo es elevado por Leonardo haciendo que ella este sobre su espalda.
—Mírame, Rose. —Le ordena Leonardo, calmado, y ella, lentamente abre los ojos, llorosos por lo que ha dicho, desesperada por alcanzar el orgasmo que tan desesperadamente ha buscado. —Esa es la expresión que espero ver tu rostro la próxima vez. —Le dice Leonardo, sin apartar la mirada de ella.
—En..tonces tu podrías…—Rose eleva sus caderas un poco, tratando de buscar el contacto con la mano de Leonardo en su entrepierna, sin embargo, Leonardo hace un suave movimiento con la cabeza.
—Las devotas desobedientes no merecen recompensa alguna. —Leonardo se levanta de la cama, dejando a Rose con una expresión desencajada. —Buenas noches, Rose.
Antes de que ella si quiera pudiera levantarse para reclamar, Rose se encuentra sola en la habitación. Sus ojos arden tanto como su rostro, su corazón no ha dejado de pegar fuerte contra su pecho y reviviendo los últimos cinco minutos en su mente, solo puede enterrar su rostro en la almohada.
La humillación que siente ahora mismo, no la deja en paz, lo peor es que, aun sigue deseosa de más.







