95. Eres un desgraciado
Karla Duarte
El jardín estaba tranquilo esa mañana. El sol se filtraba suave entre las hojas de los árboles, y yo me encontraba sentada en la mesa de siempre, esa donde solía merendar con mamá. Ella estaba frente a mí, hablando con entusiasmo de uno de sus libros; decía que le sorprendía lo mucho que ahora me interesaba leerlos, porque antes apenas los hojeaba por compromiso. Me limité a sonreír. Tenía razón. Algo en mí había cambiado. Sus palabras me parecían más intensas, más emotivas, aunque