La aguja seguía presionada contra el cuello de Eva.
Y por primera vez…
Adrián dudó.
Porque podía disparar.
Pero también podía matarla.
El laboratorio entero permanecía en tensión absoluta.
Humo.
Alarmas.
Luces rojas.
Y Emilia atrapada entre demasiadas verdades.
Entonces Isabella observó lentamente a Adrián.
—Baja el arma.
Él no se movió.
La mandíbula completamente tensa.
—Suéltala.
La mujer sonrió apenas.
Como si aquello le resultara insignificante.
—Siempre tan impulsivo.
Entonces giró lentame