El mundo de Emilia pareció detenerse.
—¿Qué… qué dijiste?
Adrián ya estaba guardando el teléfono nuevamente mientras caminaba apresuradamente por el pasillo.
—Victoria desapareció.
La voz le salió tensa.
Fría.
Pero Emilia pudo notar el miedo escondido debajo de ella.
Y eso la impactó más que cualquier otra cosa.
Porque Adrián Castellanos parecía el tipo de hombre que jamás perdía el control.
Sin embargo, en ese momento parecía al borde del colapso.
—Espera —dijo ella alcanzándolo—. ¿Cómo que desapareció?
—La niñera llamó hace unos minutos. No la encuentran en casa.
Las puertas del ascensor se abrieron inmediatamente.
Adrián entró primero.
Emilia detrás de él.
El silencio dentro del ascensor era asfixiante.
Adrián se pasó ambas manos por el rostro mientras intentaba respirar con calma.
Pero no podía.
Se notaba.
El hombre que había estado besándola hacía apenas minutos ya no estaba ahí.
Ahora solo quedaba un padre desesperado.
Y por alguna razón, eso hizo que Emilia sintiera el pecho apretado.
—La encontraremos —dijo suavemente.
Adrián soltó una risa amarga.
—No sabes eso.
Las puertas se abrieron nuevamente y él caminó directo hacia la salida del hotel.
Rápido.
Furioso.
Ansioso.
El chofer ya los esperaba afuera.
Cuando subieron al automóvil, Adrián hizo una llamada inmediatamente.
—¿La policía ya llegó? —preguntó con voz dura.
Silencio.
—¿Y las cámaras?
Otro silencio.
La mandíbula de Adrián se tensó brutalmente.
—Voy en camino.
Colgó abruptamente.
El ambiente dentro del auto se volvió insoportable.
Emilia observó discretamente las manos de Adrián.
Estaban temblando.
Y eso la destruyó un poco por dentro.
Porque por primera vez entendió que él no era simplemente un hombre frío.
Era alguien acostumbrado a vivir aterrorizado de perder lo poco que amaba.
—¿Hace cuánto no aparece? —preguntó ella con cuidado.
—Treinta minutos.
—Tal vez solo salió al jardín o—
—Victoria nunca hace eso.
La forma inmediata en que respondió dejó claro algo importante.
Adrián conocía perfectamente a su hija.
Y estaba realmente asustado.
La lluvia empezó nuevamente mientras el automóvil avanzaba por la ciudad.
El silencio entre ambos ya no tenía tensión romántica.
Ahora estaba lleno de angustia.
Hasta que Emilia habló otra vez.
—¿Dónde está la mamá de Victoria?
Error.
Lo supo enseguida.
Porque el rostro de Adrián cambió completamente.
Oscuro.
Doloroso.
Cerrado.
Y entonces respondió algo que le heló la sangre.
—Muerta.
El aire desapareció de los pulmones de Emilia.
Dios.
Ahora entendía.
Entendía la tristeza.
La culpa.
Las heridas.
Todo.
—Lo siento mucho…
Adrián apartó la mirada hacia la ventana.
—Yo también.
Y la manera en que lo dijo hizo que Emilia sintiera que aquella muerte escondía algo mucho más profundo.
Algo que todavía lo estaba destruyendo.
La mansión Castellanos era incluso más imponente de lo que Emilia imaginaba.
Pero aquella noche no se sentía como un hogar.
Se sentía como una tragedia esperando explotar.
Había seguridad por todos lados.
Policías.
Empleados nerviosos.
Luces encendidas en cada rincón.
Apenas Adrián bajó del automóvil, todos comenzaron a hablar al mismo tiempo.
—Señor Castellanos, revisamos la zona norte de—
—La policía quiere revisar—
—La puerta trasera estaba—
—¡Silencio!
La voz de Adrián retumbó tan fuerte que todos callaron inmediatamente.
El miedo en sus ojos era devastador.
—¿Dónde fue la última vez que la vieron?
Una mujer mayor se acercó nerviosamente.
—En su habitación, señor.
Adrián subió las escaleras sin esperar más.
Emilia dudó unos segundos antes de seguirlo.
La habitación de Victoria era hermosa.
Pequeñas luces cálidas.
Peluches.
Dibujos infantiles.
Pero el ambiente estaba completamente roto por la desesperación.
Adrián revisaba todo como si esperara encontrar respuestas escondidas entre los juguetes.
—Adrián…
—No debería haber salido esta noche.
La culpa en su voz fue brutal.
—No digas eso.
Él soltó una risa vacía.
—Siempre pasa algo cuando bajo la guardia.
Emilia lo observó en silencio.
Y entonces lo entendió.
Adrián no solo tenía miedo de perder a su hija.
Vivía convencido de que eventualmente iba a perderla.
Como si el destino siempre terminara quitándole todo.
De pronto, uno de los oficiales apareció en la puerta.
—Señor Castellanos…
Adrián giró inmediatamente.
—¿La encontraron?
El oficial asintió.
Y Emilia sintió cómo el cuerpo de Adrián prácticamente se derrumbaba de alivio.
—Está bien. La encontraron dormida en la casa del jardín. Al parecer se escondió mientras jugaba y nadie la vio salir.
El silencio que siguió fue devastador.
Adrián cerró los ojos lentamente.
Como si acabara de regresar del infierno.
Y entonces ocurrió algo que Emilia jamás imaginó ver.
Adrián comenzó a temblar.
De verdad.
El hombre frío.
Controlado.
Intocable.
Estaba completamente roto por el miedo.
Sin pensarlo demasiado, Emilia se acercó a él.
Y cuando sus manos tocaron suavemente los brazos de Adrián, él simplemente se dejó caer.
Apoyó la frente contra el hombro de ella mientras intentaba recuperar el aire.
El corazón de Emilia se rompió en ese instante.
Porque aquel hombre estaba cansado de ser fuerte.
Muy cansado.
Sus dedos subieron lentamente hacia el cabello oscuro de Adrián mientras lo abrazaba en silencio.
Y él no se apartó.
Al contrario.
Sus brazos rodearon la cintura de Emilia lentamente.
Con necesidad.
Como si ella fuera lo único capaz de mantenerlo en pie en ese momento.
—Pensé que la había perdido —susurró él con la voz rota.
El pecho de Emilia dolió.
Nunca nadie le había confiado una herida tan grande.
—Está bien —murmuró acariciando suavemente su espalda—. Ya está bien.
Pero el problema era otro.
Porque mientras abrazaba a Adrián Castellanos en medio de aquella habitación… Emilia entendió algo aterrador.
Ya no sabía cómo dejar de sentir cosas por él.