El resto de la noche fue un desastre para Emilia.
Uno silencioso.
Invisible para todos los demás.
Pero devastador dentro de ella.
Porque después de ese beso, ya no podía mirar a Adrián de la misma manera.
Y claramente él tampoco podía hacerlo.
Lo notó en cómo evitaba acercarse demasiado.
En cómo sus ojos la buscaban constantemente entre la multitud.
En cómo tensaba la mandíbula cada vez que otro hombre le hablaba durante la cena.
Especialmente Mauricio Ferrer.
—No sabía que Castellanos escondía mujeres así —dijo él acercándose nuevamente mientras Adrián hablaba con unos inversionistas.
Emilia forzó una sonrisa incómoda.
—Creo que exagera.
Mauricio dio un paso más cerca.
Demasiado.
—No. Creo que él finalmente encontró algo que puede perder.
La frase le dejó un extraño vacío en el pecho.
Antes de que pudiera responder, sintió una mano firme rodear su cintura por detrás.
El cuerpo de Adrián se pegó apenas al suyo.
Protector.
Dominante.
Peligroso.
—¿Interrumpo algo? —preguntó con voz fría.
Mauricio sonrió con arrogancia.
—Solo conversaba con tu novia.
La palabra provocó algo extraño en el ambiente.
Porque por un segundo… ninguno corrigió la mentira.
Adrián sostuvo la mirada de Mauricio unos segundos más antes de hablar.
—Emilia viene conmigo.
Y sin esperar respuesta, comenzó a alejarla hacia otra parte del salón.
—Estás siendo demasiado obvio —murmuró Emilia cuando estuvieron lejos.
—No me importa.
Ella giró el rostro hacia él inmediatamente.
La respuesta había salido demasiado rápida.
Demasiado real.
Adrián pareció darse cuenta también, porque aflojó ligeramente la mano sobre su cintura.
—Mauricio no es alguien de quien debas fiarte.
—¿Y Valentina sí?
El silencio que siguió fue suficiente respuesta.
Emilia soltó una pequeña risa amarga.
—Sabía que había algo entre ustedes.
Adrián pasó una mano por su mandíbula con evidente tensión.
—No quiero hablar de ella esta noche.
—Pues ella sí quiere hablar de ti.
—Porque me odia.
Emilia sostuvo su mirada.
—¿Y tiene razones para hacerlo?
La expresión de Adrián cambió apenas.
Dolor.
Otra vez ese maldito dolor escondido detrás de sus ojos.
—Sí.
La sinceridad de su respuesta la dejó sin palabras.
Antes de que Emilia pudiera insistir, Adrián habló nuevamente.
—Necesito salir un momento.
Ella asintió lentamente.
—Está bien.
Pero cuando él comenzó a alejarse, Emilia tomó una decisión impulsiva.
Lo siguió.
El pasillo del hotel estaba casi vacío.
Las luces tenues y el silencio hacían que el ambiente se sintiera peligrosamente íntimo.
Emilia vio a Adrián entrar en una zona privada cerca de las suites ejecutivas y aceleró el paso.
—Adrián.
Él se detuvo inmediatamente.
Cuando giró hacia ella, Emilia sintió un pequeño nudo en el estómago.
Se veía agotado.
Como si estuviera sosteniendo demasiado dentro de sí.
—No deberías seguirme —dijo él en voz baja.
—Entonces deja de actuar como si fueras a derrumbarte solo.
La tensión apareció instantáneamente en el rostro de Adrián.
—No sabes de lo que hablas.
—Entonces explícame.
Él soltó una risa seca.
Sin humor.
—¿Eso quieres? ¿Escuchar todas las cosas horribles que dicen sobre mí?
—Quiero entenderte.
Aquello pareció afectarlo más de lo esperado.
Porque por unos segundos simplemente la observó.
Como si Emilia fuera algo peligroso.
Algo capaz de atravesar todas las barreras que llevaba años construyendo.
—No deberías acercarte tanto a mí —murmuró finalmente.
El corazón de Emilia empezó a latir más rápido.
—¿Por qué?
Adrián dio un paso hacia ella lentamente.
Y luego otro.
Hasta dejarla atrapada entre él y la pared.
La respiración de Emilia se volvió inestable inmediatamente.
Demasiado cerca.
Estaba demasiado cerca.
Podía sentir el calor de su cuerpo.
El aroma limpio de su perfume.
La tensión contenida en cada músculo de él.
—Porque empiezo a perder el control cuando estás cerca —confesó con voz ronca.
El aire desapareció de los pulmones de Emilia.
Dios.
Ningún hombre la había mirado así antes.
Como si estuviera luchando consigo mismo por no tocarla.
—Adrián…
Él cerró los ojos apenas un segundo.
Como si escuchar su nombre en sus labios fuera una tortura.
Cuando volvió a abrirlos, la intensidad era todavía peor.
—Dime que me detenga.
Pero Emilia no pudo hacerlo.
Porque en el fondo llevaba demasiado tiempo deseando exactamente aquello.
La mano de Adrián subió lentamente hasta su cintura.
Sus dedos rozaron la piel descubierta de su pierna por la abertura del vestido.
Y Emilia dejó escapar un suspiro tembloroso.
El cambio en la respiración de Adrián fue inmediato.
Más pesado.
Más peligroso.
Sus ojos descendieron hacia los labios de ella otra vez.
—No tienes idea de lo difícil que está siendo mantener distancia contigo.
La confesión hizo que el cuerpo entero de Emilia se estremeciera.
Y entonces él volvió a besarla.
Esta vez no fue lento.
Ni cuidadoso.
Fue desesperado.
Intenso.
Como si hubiera pasado horas conteniéndose.
La espalda de Emilia chocó suavemente contra la pared mientras Adrián profundizaba el beso.
Sus manos descendieron lentamente por la cintura de ella, acercándola más a su cuerpo.
Y Emilia sintió todo.
La tensión.
El deseo contenido.
La manera en que él intentaba controlarse mientras la besaba.
Pero cada segundo parecía volverlo más débil.
Más humano.
Más peligroso para ambos.
Los dedos de Emilia terminaron aferrándose al cuello de su camisa mientras intentaba recuperar el aire entre besos.
Y entonces Adrián se detuvo bruscamente.
Respiraba agitado.
La frente apoyada contra la de ella.
Como si estuviera luchando contra sí mismo.
—Esto está mal —murmuró.
Pero no se alejaba.
No podía.
Emilia tampoco quería que lo hiciera.
Porque por primera vez desde que lo conocía, Adrián Castellanos había dejado caer completamente la máscara.
Y debajo de ella había un hombre roto… consumiéndose lentamente por ella.
Pero entonces un sonido interrumpió el momento.
Un teléfono.
Adrián maldijo en voz baja antes de sacar el celular del bolsillo.
La expresión de su rostro cambió inmediatamente al leer la pantalla.
Todo el calor desapareció de golpe.
—¿Qué pasó? —preguntó Emilia confundida.
Adrián guardó el teléfono lentamente.
Y cuando volvió a mirarla… parecía devastado.
—Tengo que irme.
—¿Ahora?
Él asintió.
La distancia emocional había regresado de golpe.
Como si el hombre que acababa de besarla con desesperación hubiera desaparecido.
—Adrián, ¿qué sucede?
El silencio duró unos segundos.
Hasta que finalmente respondió:
—Victoria desapareció.