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Capítulo 6: Lo que nadie Veía

El abrazo duró más de lo que debía.

Mucho más.

Y ninguno de los dos parecía dispuesto a romperlo primero.

Adrián seguía con la frente apoyada contra el hombro de Emilia mientras intentaba recuperar la respiración. Sus brazos alrededor de la cintura de ella permanecían firmes, como si temiera que al soltarla todo volviera a derrumbarse.

Emilia podía sentir el latido acelerado de su corazón.

El miedo todavía presente en su cuerpo.

Y también algo más.

Algo que empezaba a volverse imposible de ignorar entre ellos.

La puerta de la habitación volvió a abrirse suavemente.

—Papá…

La pequeña voz hizo que Adrián reaccionara inmediatamente.

Se separó de Emilia y giró hacia la puerta.

Victoria estaba ahí.

Pequeña.

Despeinada.

Con un oso de peluche abrazado contra el pecho y los ojos llenos de culpa.

—Lo siento… —susurró.

Adrián cruzó la habitación en segundos.

Se arrodilló frente a ella y la abrazó tan fuerte que Emilia sintió un nudo doloroso en el pecho.

—No vuelvas a hacer eso —murmuró él con la voz quebrada—. Nunca más.

La niña asintió abrazándolo de vuelta.

Y Emilia tuvo que apartar la mirada un segundo.

Porque aquella escena acababa de destruir completamente la imagen fría que tenía de Adrián Castellanos.

Nadie le había contado que podía amar así.

Desesperadamente.

Como si su corazón dependiera de ello.

Victoria levantó la vista entonces.

Y sus enormes ojos curiosos se posaron directamente sobre Emilia.

—¿Ella es tu novia?

El silencio fue inmediato.

Adrián se quedó quieto apenas un segundo antes de responder.

—Sí.

La palabra golpeó a Emilia de una manera absurda.

Porque sabía que era mentira.

Pero por primera vez… deseó que fuera verdad.

Victoria sonrió suavemente.

—Es bonita.

El corazón de Emilia se derritió un poco.

—Gracias —respondió acercándose.

La niña la observó unos segundos más antes de hablar nuevamente.

—Papá nunca trae personas aquí.

Adrián tensó ligeramente la mandíbula.

—Victoria…

—Es verdad.

La pequeña volvió a abrazar su peluche mientras observaba a Emilia con inocencia.

—Siempre está trabajando o enojado.

Emilia tuvo que contener una sonrisa.

Porque la niña acababa de describir perfectamente al hombre frente a ella.

Y sorprendentemente, Adrián parecía incómodo.

—Ya es tarde. Debes dormir.

Victoria hizo una pequeña mueca.

—¿Ella se va a quedar?

El ambiente volvió a tensarse.

Emilia abrió la boca inmediatamente.

—No, yo solo—

—Sí.

Ahora fue Emilia quien giró bruscamente hacia Adrián.

—¿Qué?

Él la miró directamente.

—Es tarde. No quiero que regreses sola.

—Puedo pedir un taxi.

—No.

La firmeza en su voz no dejó espacio para discusión.

Y lo peor era que parte de ella no quería irse.

No después de haber descubierto esa parte de él.

No después de haberlo visto romperse.

Victoria sonrió satisfecha.

—Entonces puedes dormir en la habitación de invitados.

Adrián se levantó lentamente.

—Yo la acompaño.

La pequeña asintió antes de desaparecer nuevamente hacia su cama.

Cuando quedaron solos otra vez, el silencio se volvió extraño.

Más íntimo que antes.

Porque ahora Emilia conocía demasiado.

La culpa.

El miedo.

La vulnerabilidad de Adrián.

Y eso cambiaba todo.

—No tenías que decirle que sí —murmuró ella mientras salían de la habitación.

Adrián cerró la puerta suavemente detrás de ellos.

—No quería discutir con ella esta noche.

Caminaron por el largo pasillo en silencio.

Pero la tensión seguía ahí.

Peor ahora.

Porque ambos recordaban perfectamente lo que había pasado horas antes en el hotel.

Y el problema era que el cuerpo de Emilia todavía reaccionaba al simple hecho de tenerlo cerca.

Cuando llegaron frente a la habitación de invitados, Adrián se detuvo.

Ella también.

El aire parecía demasiado pesado entre ambos.

—Gracias por quedarte —dijo él finalmente.

La voz grave de Adrián le provocó un escalofrío involuntario.

—No ibas a pasar por eso solo.

Él sostuvo su mirada unos segundos.

Demasiados.

Y entonces habló con una honestidad peligrosa.

—No recuerdo la última vez que alguien se quedó.

El pecho de Emilia se apretó dolorosamente.

Porque por debajo de todo el dinero, el poder y la frialdad… Adrián estaba terriblemente solo.

Y ella empezaba a convertirse en el único lugar donde parecía descansar.

Aquello era peligrosísimo.

—Deberías dormir —susurró Emilia.

Adrián asintió lentamente.

Pero no se movió.

Seguía ahí.

Mirándola.

Como si estuviera luchando contra algo dentro de sí.

—¿Qué pasa? —preguntó ella en voz baja.

Él soltó una pequeña risa cansada.

—Tú.

El corazón de Emilia se aceleró inmediatamente.

Adrián dio un paso hacia ella.

Lento.

Cauteloso.

Pero decidido.

—No puedo dejar de pensar en besarte otra vez.

La respiración de Emilia se volvió inestable.

Porque él lo había dicho de esa manera.

Sin juegos.

Sin arrogancia.

Solo verdad.

—Adrián…

—Y eso es un problema.

Otro paso.

Ahora estaban demasiado cerca otra vez.

El calor del cuerpo de él prácticamente envolvía el suyo.

—¿Por qué sería un problema? —preguntó ella apenas en un susurro.

Los ojos grises de Adrián descendieron lentamente hacia sus labios.

—Porque cuando empiezo a querer algo… no sé detenerme.

El aire desapareció lentamente del pecho de Emilia.

Y entonces él levantó una mano hacia su rostro.

Sus dedos acariciaron suavemente su mejilla.

Lentamente.

Con una delicadeza que contrastaba peligrosamente con la intensidad de su mirada.

—Dime que me vaya —murmuró.

Pero Emilia no pudo hacerlo.

Porque la verdad era otra.

Ella tampoco quería detener aquello.

No cuando Adrián la miraba como si fuera lo único capaz de darle paz.

Él volvió a besarla.

Más lento esta vez.

Más profundo.

Como si quisiera sentirla completamente.

Los dedos de Emilia terminaron aferrándose suavemente a la camisa de Adrián mientras él la acercaba más hacia su cuerpo.

El beso se volvió más intenso lentamente.

Más peligroso.

La respiración de ambos llenó el silencio del pasillo mientras la tensión seguía creciendo entre ellos.

Y por un momento, Emilia olvidó completamente que aquello había comenzado con un contrato.

Porque nada en la forma en que Adrián la besaba parecía falso.

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