Capítulo 3: El beso

La música seguía sonando dentro del salón.

Elegante.

Suave.

Peligrosamente distante del caos que Emilia sentía dentro del pecho.

Adrián seguía frente a ella en el balcón, observándola con una intensidad que le hacía imposible pensar con claridad.

El aire nocturno movía ligeramente el cabello oscuro de él mientras las luces de la ciudad iluminaban parcialmente su rostro.

Y por primera vez desde que lo conocía… parecía nervioso.

—Solo un beso —repitió Adrián en voz baja.

Emilia soltó una risa incrédula.

—Dices eso como si fuera algo sencillo.

—No debería ser complicado.

Ella levantó las cejas inmediatamente.

—Claro. Porque besar a mi jefe multimillonario frente a media ciudad definitivamente es algo normal.

Una sombra de diversión cruzó los ojos de Adrián.

Pequeña.

Casi inexistente.

Pero estaba ahí.

—Sigues hablando demasiado cuando estás nerviosa.

El comentario la desarmó.

Porque tenía razón.

Y porque odiaba que él empezara a conocerla tan rápido.

Emilia cruzó los brazos intentando protegerse de algo que ni siquiera entendía.

—¿Y qué pasa si me niego?

Adrián sostuvo su mirada unos segundos.

Demasiados.

—No voy a obligarte a hacer nada que no quieras.

La sinceridad en su voz la tomó desprevenida.

Y eso era peor.

Porque sería más fácil odiarlo si él fuera cruel.

Pero Adrián no lo era.

Era distante.

Hermético.

Difícil.

Pero no cruel.

El problema era que cuanto más lo descubría… más peligroso se volvía para ella.

—Esto sigue siendo una locura —murmuró Emilia.

—Sí.

—Y probablemente una pésima idea.

—Definitivamente.

Ella tragó saliva lentamente.

—Entonces ¿por qué siento que ya tomamos la decisión antes de hablarlo?

La mirada de Adrián descendió involuntariamente hacia sus labios.

El silencio se volvió insoportablemente íntimo.

Y entonces él dio un paso más cerca.

Lo suficiente para que Emilia pudiera sentir el calor de su cuerpo.

Lo suficiente para que el perfume masculino de él terminara de nublarle la cabeza.

—Porque llevamos semanas evitando esto —dijo con voz grave.

El corazón de Emilia se detuvo.

—¿Esto qué?

Adrián no respondió enseguida.

Sus ojos seguían fijos en su boca.

Como si besarla fuera lo único que podía pensar en ese momento.

—Mirarte demasiado —susurró finalmente.

La respiración de Emilia se volvió inestable.

Dios.

Necesitaba alejarse.

Pero no podía moverse.

Porque algo dentro de ella llevaba demasiado tiempo esperando ese momento.

Aunque no quisiera admitirlo.

Adrián levantó lentamente una mano hacia su rostro.

Y Emilia dejó de respirar cuando sus dedos rozaron suavemente su mejilla.

El contacto fue mínimo.

Pero suficiente para incendiarle la piel.

—Última oportunidad para detenerme —murmuró él.

Ella debería haberlo hecho.

De verdad debería haberlo hecho.

Pero en lugar de apartarse… dio un paso hacia él.

Y aquello fue todo lo que Adrián necesitó.

La besó lentamente.

Como si estuviera intentando contenerse.

Como si besarla demasiado fuerte fuera hacerlo real demasiado rápido.

Pero no funcionó.

Porque apenas sus labios tocaron los de Emilia, algo explotó entre ambos.

Toda la tensión acumulada.

Todas las miradas robadas.

Todos los silencios.

Todo.

Emilia se aferró suavemente al saco de Adrián mientras él profundizaba el beso apenas lo suficiente para hacerla olvidar dónde estaban.

El mundo desapareció alrededor.

La música.

La gente.

La ciudad.

Todo dejó de existir.

Solo estaban ellos.

Y la manera en que Adrián la besaba como si llevara demasiado tiempo deseándolo.

Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban agitados.

La frente de Adrián permaneció apoyada contra la de ella durante unos segundos.

Y Emilia sintió algo peligroso.

Algo mucho peor que atracción.

Vulnerabilidad.

Los ojos grises de Adrián se abrieron lentamente.

Y por primera vez… Emilia vio miedo en ellos.

Como si él también hubiera sentido demasiado.

Como si aquello hubiera significado más de lo que debía.

Entonces la voz de alguien los interrumpió.

—Vaya… así que era cierto.

Ambos se separaron inmediatamente.

Valentina estaba de pie cerca de la entrada del balcón observándolos con una sonrisa fría.

Pero había dolor detrás de ella.

Uno real.

—No sabía que eras capaz de mirar a alguien así otra vez, Adrián.

El ambiente cambió completamente.

La expresión de Adrián se endureció de inmediato.

—¿Qué quieres, Valentina?

Ella ignoró la pregunta.

Sus ojos se dirigieron hacia Emilia.

—Ten cuidado con él.

Emilia sintió la tensión crecer otra vez.

—Creo que ya quedó claro que no es asunto tuyo.

Valentina soltó una pequeña risa amarga.

—Eso mismo pensé yo hace años.

El silencio se volvió incómodo.

Pesado.

Y Emilia pudo sentir cómo Adrián empezaba a perder la paciencia.

—Basta.

—¿Por qué? —preguntó Valentina mirándolo fijamente—. ¿Tienes miedo de que descubra lo que realmente pasó?

El rostro de Adrián perdió color apenas.

Y Emilia lo notó.

Lo notó todo.

La tensión.

La culpa.

El enojo.

Pero sobre todo… el dolor.

Valentina sostuvo la mirada de Adrián unos segundos más antes de volver a hablar.

—Solo espero que esta vez no destruyas otra vida en el proceso.

Y luego se marchó.

Dejando el silencio más devastador que Emilia había sentido en mucho tiempo.

Lentamente giró hacia Adrián.

—¿Qué quiso decir con eso?

Él apartó la mirada hacia la ciudad.

Y esa simple acción le confirmó algo aterrador.

Había una verdad que él estaba ocultando.

Una capaz de destruir todo entre ellos.

—Adrián…

—No esta noche.

La voz de él salió rota por primera vez.

Rota de verdad.

Y Emilia entendió que acababa de besar a un hombre lleno de heridas que todavía no lograba sobrevivir a su pasado.

El problema era que empezaba a sentir ganas de salvarlo.

Y eso siempre terminaba destruyendo a las personas como ella.

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