Emilia apenas logró dormir.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la voz de Adrián dentro del automóvil.
> “Necesito que todos crean que eres la mujer que podría volverme completamente loco.”
Y lo peor era que no había sonado como una actuación.
A las tres de la madrugada seguía despierta mirando el techo de su habitación, preguntándose cómo había terminado involucrándose en la vida de un hombre que parecía esconder más secretos de los que ella era capaz de soportar.
Su teléfono vibró sobre la mesa de noche.
Un mensaje.
De Adrián.
El corazón le dio un salto ridículo antes incluso de abrirlo.
> “El chofer pasará por ti a las 7:00 p.m.
> La cena empieza a las 8.”
Nada más.
Sin emojis.
Sin despedida.
Tan Adrián.
Emilia soltó un suspiro frustrado y dejó caer el teléfono sobre la cama.
Necesitaba recordar que aquello no era real.
No podía permitirse confundirse.
Mucho menos con alguien como él.
La tarde pasó más rápido de lo esperado.
Y a las siete en punto, Emilia ya estaba frente al espejo sintiéndose completamente fuera de lugar.
El vestido negro abrazaba su figura con demasiada perfección. La abertura lateral dejaba ver parte de su pierna cada vez que caminaba y el escote hacía que se sintiera peligrosamente expuesta.
No estaba acostumbrada a verse así.
Elegante.
Deseable.
Importante.
Cuando escuchó el sonido de un automóvil afuera, tomó aire profundamente antes de salir del apartamento.
La lluvia de la noche anterior había desaparecido, dejando el aire fresco y húmedo.
El chofer le abrió la puerta del vehículo, pero Emilia se quedó inmóvil al descubrir que Adrián estaba dentro.
Llevaba un traje completamente negro.
Sin corbata.
Con los primeros botones de la camisa desabrochados.
Y esa mirada imposible de ignorar fija directamente sobre ella.
El silencio se volvió extraño.
Pesado.
Adrián recorrió lentamente su cuerpo con la mirada.
Sin disimulo.
Sin prisa.
La intensidad de sus ojos hizo que Emilia sintiera calor inmediatamente.
—Dijiste que no fuera discreta —murmuró ella intentando sonar tranquila.
Él tragó saliva apenas.
Y aquello fue suficiente para alterarla todavía más.
—Sí —respondió con voz grave—. Creo que cometí un error.
El corazón de Emilia empezó a latir demasiado rápido.
Subió al automóvil intentando ignorar el efecto que él tenía sobre ella.
Mala idea.
Porque el perfume de Adrián la envolvió inmediatamente.
Porque sus piernas quedaron demasiado cerca.
Porque podía sentir la tensión entre ambos incluso en silencio.
—¿Siempre miras así a las mujeres con las que haces contratos? —preguntó ella para romper el ambiente.
Una pequeña sonrisa apareció apenas en los labios de Adrián.
Y Emilia descubrió algo peligroso.
Cuando él sonreía… era devastador.
—No suelo hacer contratos con mujeres que me distraen.
Ella apartó la mirada hacia la ventana intentando recuperar el control.
—Deberías practicar tus mentiras.
—No estoy mintiendo.
El aire se atascó en su garganta.
Dios.
¿Por qué decía cosas así?
La cena empresarial se realizaba en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad.
Luces doradas.
Música suave.
Copas elegantes.
Gente demasiado perfecta.
En cuanto Adrián rodeó la cintura de Emilia al entrar al salón, todas las miradas se dirigieron hacia ellos.
Y ella lo sintió.
Los murmullos.
La sorpresa.
La curiosidad.
Porque Adrián Castellanos jamás aparecía acompañado.
Nunca.
—Relájate —murmuró él cerca de su oído.
El escalofrío que recorrió el cuerpo de Emilia fue inmediato.
—Todos nos están mirando.
—Ese es exactamente el punto.
Ella intentó respirar normalmente mientras avanzaban entre empresarios y socios importantes.
Varias personas saludaron a Adrián con evidente respeto.
O temor.
Probablemente ambas.
Pero entonces ocurrió.
—Adrián.
La voz femenina hizo que él se tensara inmediatamente.
Emilia levantó la vista.
Y la vio.
La mujer era alta, elegante y absurdamente hermosa. Cabello oscuro perfectamente peinado, labios rojos y una mirada afilada que recorrió a Emilia de arriba abajo.
Como si ya la odiara.
—Valentina —dijo Adrián con frialdad.
Algo dentro de Emilia se apretó.
La mujer sonrió apenas.
—Así que los rumores eran ciertos.
Sus ojos volvieron a Emilia.
—No sabía que te gustaban tan jóvenes ahora.
El comentario llevaba veneno disfrazado de elegancia.
Emilia sintió la mano de Adrián afirmarse más sobre su cintura.
Posesiva.
Protectora.
—Emilia —dijo él sin apartar la mirada de Valentina—, ella es Valentina Rivas.
La tensión entre ellos era evidente.
Demasiado evidente.
Y Emilia entendió enseguida que aquella mujer no era cualquier persona.
—Un placer —mintió Valentina.
Emilia sonrió con falsedad.
—Igualmente.
Pero antes de que alguien pudiera decir algo más, Valentina volvió a hablar.
—Espero que tengas cuidado, Emilia. Adrián suele destruir todo lo que ama.
El silencio cayó como un golpe.
El rostro de Adrián cambió completamente.
Oscuro.
Peligroso.
Por primera vez Emilia sintió miedo real de lo que podía esconder dentro.
—Basta, Valentina.
La voz de Adrián salió baja.
Controlada.
Pero cargada de amenaza.
Valentina sostuvo su mirada unos segundos más antes de sonreír nuevamente.
—Disfruten la noche.
Y se marchó.
Emilia observó cómo Adrián apretaba la mandíbula con fuerza.
Sus nudillos estaban tensos alrededor de la copa.
—¿Quién era ella realmente? —preguntó en voz baja.
Adrián no respondió enseguida.
Y ese silencio le dijo más de lo que quería saber.
—Alguien del pasado.
La respuesta no le bastó.
Pero antes de que pudiera insistir, una voz masculina interrumpió detrás de ellos.
—Castellanos.
Adrián giró apenas.
El hombre que acababa de acercarse debía rondar los cincuenta años. Elegante. Imponente. Pero había algo cruel en sus ojos.
Algo que hizo que Emilia se sintiera incómoda inmediatamente.
—Veo que finalmente aprendiste a dar buena imagen —dijo observándola directamente.
Adrián se endureció por completo.
—Emilia, él es Mauricio Ferrer.
El hombre tomó la mano de Emilia y besó sus nudillos lentamente.
Demasiado lento.
—Ahora entiendo por qué Adrián parece menos amargado esta noche.
Emilia intentó retirar la mano discretamente.
No le gustaba aquel hombre.
Para nada.
Y aparentemente Adrián lo notó.
Porque un segundo después la acercó más hacia él.
—Disculpa, Mauricio. Emilia y yo tenemos otros asuntos que atender.
Sin esperar respuesta, comenzó a alejarla entre la multitud.
—Estás apretándome demasiado —susurró Emilia.
Adrián soltó su cintura apenas al darse cuenta.
—Lo siento.
Pero no sonaba arrepentido.
Sonaba furioso.
Cuando llegaron a una zona más privada cerca del balcón exterior, Emilia finalmente se soltó de él.
—¿Qué demonios fue eso?
Adrián pasó una mano por su cabello con evidente frustración.
—Necesito que hagas algo por mí esta noche.
—Depende de qué sea.
Él la observó fijamente.
Y entonces dijo algo que hizo que el corazón de Emilia se detuviera.
—Necesito que me beses cuando volvamos a entrar. Frente a todos.
El silencio entre ambos se volvió insoportable.
Emilia dejó escapar una pequeña risa nerviosa.
—¿Perdón?
—Mauricio necesita creer que esto es real.
—¿Y un beso resolverá eso?
Adrián dio un paso hacia ella.
Demasiado cerca.
—Sí.
El aire desapareció lentamente de los pulmones de Emilia.
Porque él estaba mirándola otra vez de esa manera.
Como si besarla no fuera una actuación.
Como si llevara horas deseándolo.
—Adrián…
—Solo un beso —murmuró con voz ronca.
Pero ambos sabían que el verdadero peligro no era el beso.
El verdadero peligro… era que ninguno parecía querer detenerlo.