El sonido de la lluvia golpeando los ventanales era lo único capaz de llenar el incómodo silencio de aquella oficina.
Emilia mantenía las manos apretadas sobre sus piernas mientras observaba el contrato extendido frente a ella. Las letras parecían moverse bajo la tenue luz del escritorio, como si incluso el papel supiera que aquello estaba mal.
Muy mal.
Afuera, la ciudad seguía viva entre luces borrosas y calles empapadas. Desde el piso treinta y ocho de Castellanos Group, todo parecía pequeño. Lejano. Insignificante.
Exactamente como ella se sentía en ese momento.
—Tienes diez minutos para decidir —dijo Adrián sin levantar la vista de unos documentos.
Su voz era tan fría como siempre.
Tan distante.
Tan insoportablemente controlada.
Emilia tragó saliva lentamente y desvió la mirada hacia él. Adrián Castellanos estaba sentado al otro lado del escritorio con esa expresión imposible de descifrar que llevaba todos los días en la oficina. Camisa oscura perfectamente ajustada, mangas recogidas hasta los antebrazos y el reloj plateado brillando bajo la luz blanca del despacho.
Perfecto.
Intimidante.
Inalcanzable.
Y aun así, ahí estaba ella, a punto de firmar el acuerdo más absurdo de toda su vida con el hombre que menos soportaba.
O al menos eso intentaba convencerse.
—¿Esto te parece normal? —preguntó finalmente.
Adrián levantó la vista.
Sus ojos grises chocaron con los de ella de una forma que le erizó la piel.
—No estamos hablando de lo que es normal, Emilia. Estamos hablando de lo necesario.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Claro. Porque pedirle a tu empleada que finja ser tu pareja definitivamente entra en la categoría de “necesario”.
El músculo de la mandíbula de Adrián se tensó apenas.
—No eres cualquier empleada.
Y esas cuatro palabras hicieron algo extraño dentro de ella.
Algo peligroso.
Emilia apartó la mirada rápidamente.
Odiaba la manera en que él podía alterar el ambiente con tan poco.
Desde que había empezado su pasantía en Castellanos Group seis meses atrás, Adrián siempre había sido igual: reservado, exigente y emocionalmente inaccesible. Los rumores sobre él llenaban los pasillos de la empresa.
Que era arrogante.
Que jamás sonreía.
Que ninguna mujer duraba demasiado cerca de él.
Que estaba obsesionado con el control.
Pero nadie hablaba de la tristeza que escondían sus ojos cuando creía que nadie lo observaba.
Y Emilia sí la había visto.
Demasiadas veces.
La primera vez fue una madrugada, durante una entrega importante. Todos se habían ido excepto ellos dos. Emilia había regresado por su bolso y lo encontró solo en la sala de juntas, mirando una fotografía entre sus manos.
No lloraba.
Pero parecía devastado.
Cuando notó que ella estaba ahí, guardó la foto inmediatamente y volvió a convertirse en el hombre frío de siempre.
Desde entonces, Emilia no había podido dejar de preguntarse qué escondía realmente Adrián Castellanos.
—Si firmo esto… —murmuró ella— mi vida cambia completamente.
Adrián permaneció en silencio unos segundos.
—La mía también.
Por primera vez en mucho tiempo, Emilia notó cansancio en su voz.
Uno real.
Humano.
La lluvia arreció afuera.
Ella bajó la vista nuevamente hacia el contrato. Sus dedos temblaron apenas al tocar el bolígrafo.
Un acuerdo temporal.
Una relación falsa.
Apariciones públicas.
Convivencia parcial.
Confidencialidad absoluta.
Todo aquello parecía una locura.
Pero necesitaba el dinero.
Necesitaba terminar la universidad.
Necesitaba ayudar a su madre con las cuentas médicas.
Y Adrián… él necesitaba salvar algo que jamás terminaba de explicar.
—¿Por qué yo? —preguntó en voz baja.
Esta vez él sí tardó en responder.
—Porque eres la única persona que todavía me mira como si no fuera un monstruo.
El corazón de Emilia dio un golpe doloroso contra su pecho.
Adrián nunca hablaba de sí mismo.
Nunca.
Ella levantó lentamente la vista hacia él.
Y entonces lo notó.
El agotamiento.
La tensión.
La soledad escondida detrás de aquella fachada impecable.
Por un instante dejó de parecer el hombre poderoso que todos admiraban.
Y se convirtió simplemente en alguien roto.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Pesado.
Peligroso.
Íntimo.
—Esto es un error —susurró Emilia.
—Probablemente.
La forma en que él lo dijo la desarmó por completo.
Sin arrogancia.
Sin manipulación.
Solo resignación.
Emilia tomó aire profundamente… y firmó.
El sonido de la tinta sobre el papel pareció demasiado fuerte.
Definitivo.
Irreversible.
Cuando levantó la vista, Adrián la observaba fijamente.
Y por primera vez desde que lo conocía, parecía nervioso.
—A partir de hoy —dijo él lentamente— tu vida y la mía estarán unidas, Emilia.
Ella intentó ignorar el estremecimiento que recorrió su cuerpo.
Pero fue imposible.
Porque en el fondo, algo le decía que aquel contrato no iba a destruirlos lentamente.
Iba a hacer algo mucho peor.
Iba a enamorarlos.
Y ninguno de los dos estaba preparado para eso.
Dos horas después, Emilia seguía preguntándose en qué momento su vida había perdido completamente el sentido.
—No pienso mudarme contigo —dijo mientras caminaba junto a Adrián por el estacionamiento subterráneo.
El eco de sus tacones retumbaba entre las columnas de concreto.
—No tienes que hacerlo permanentemente.
—Ah, claro. Solo parcialmente. Qué alivio.
Él ignoró el sarcasmo.
Como siempre.
Adrián abrió la puerta de un automóvil negro y elegante. Emilia dudó unos segundos antes de subir.
El interior olía a madera, cuero y el perfume masculino que él usaba diariamente.
Ese aroma limpio y peligroso que siempre conseguía distraerla más de lo que debería.
Cuando Adrián ocupó el asiento del conductor, el silencio volvió a instalarse entre ambos.
Incómodo.
Denso.
La lluvia golpeaba el parabrisas mientras avanzaban por las calles iluminadas de la ciudad.
—Necesito entender algo —dijo Emilia finalmente—. ¿Por qué alguien como tú necesita fingir una relación?
Adrián mantuvo la vista al frente.
—Porque hay personas que creen que un hombre solo es confiable si tiene una familia.
—Eso no responde mi pregunta.
Él suspiró apenas.
—Mi hija vive conmigo algunas semanas al mes.
Emilia giró el rostro hacia él, sorprendida.
—¿Tienes una hija?
Adrián asintió.
—Se llama Victoria. Tiene seis años.
Aquello la dejó completamente desconcertada.
En todos esos meses trabajando ahí, jamás había escuchado hablar de una hija.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Necesito estabilidad frente a ciertas personas.
—¿Tu ex esposa?
El ambiente cambió de inmediato.
La mandíbula de Adrián volvió a tensarse.
Error.
Emilia lo supo enseguida.
—No tengo ex esposa —respondió con frialdad.
Y no dijo más.
El resto del camino transcurrió en silencio.
Cuando llegaron al edificio donde vivía Emilia, ella desabrochó el cinturón rápidamente.
Necesitaba salir de ese auto.
Necesitaba respirar.
Pero antes de abrir la puerta, Adrián habló otra vez.
—Mañana hay una cena empresarial.
Emilia cerró los ojos.
—Por supuesto que la hay.
—Necesito que vengas conmigo.
—¿Y qué se supone que debo hacer?
Él giró ligeramente el rostro hacia ella.
—Solo actuar como si confiaras en mí.
La mirada de Emilia descendió involuntariamente hacia sus labios.
Grave error.
Porque Adrián la estaba mirando exactamente igual.
El aire dentro del auto se volvió peligrosamente pesado.
Ella podía escuchar su propia respiración.
Sentir el calor que desprendía el cuerpo de él a pesar de la distancia.
Y por un instante absurdo… pensó en besarlo.
Dios.
¿Qué le estaba pasando?
Emilia apartó la mirada rápidamente y abrió la puerta.
—Buenas noches, Adrián.
—Buenas noches, Emilia.
Pero antes de que pudiera salir completamente, él volvió a hablar.
—Y Emilia…
Ella se giró apenas.
—No uses vestidos demasiado discretos mañana.
El corazón se le detuvo.
La intensidad en los ojos de Adrián hizo que el aire desapareciera de sus pulmones.
—Necesito que todos crean que eres la mujer que podría volverme completamente loco.
Emilia bajó del automóvil sin poder responder.
Y mientras observaba el auto desaparecer bajo la lluvia, entendió algo aterrador.
El verdadero problema no era fingir aquella relación.
El verdadero problema… era que empezaba a sentir cosas reales.