El amanecer llegó demasiado pronto.
La luz se filtró por las ventanas en tonos suaves, dorados, colándose entre las cortinas y dibujando sombras cálidas sobre la sala.
Abrí los ojos lentamente.
Por un segundo… no supe dónde estaba.
Y luego lo sentí.
El calor.
El peso de un brazo rodeándome.
La respiración tranquila contra mi cuello.
Nathan.
Estábamos enredados en la manta del sofá, demasiado cerca, demasiado juntos… como dos náufragos que, después de años a la deriva, habían encontrado