La casa estaba en silencio.
Un silencio profundo, casi irreal, como si todo estuviera en pausa.
Noah ya dormía en la habitación de al lado, abrazada a su oso de peluche, con esa tranquilidad que solo los niños parecen tener. Su respiración suave se filtraba apenas por el pasillo, un sonido leve… pero suficiente para recordarme que estaba ahí.
Que era real.
Que no era otro recuerdo roto.
Yo, en cambio, no lograba cerrar los ojos.
Cada vez que lo intentaba, algo se colaba en la oscuridad.