La sala de terapia olía a café tibio y a libros viejos.
Siempre era igual.
Ese aroma persistente, mezclado con el silencio contenido del lugar, lograba incomodarme desde el primer segundo. Como si al cruzar la puerta dejara de poder esconderme.
Como si las paredes supieran más de mí… que yo misma.
Me senté en el sillón, con las manos entrelazadas sobre las piernas. Frías. Tensas.
—Hoy quiero que intentes volver a ese momento —dijo la terapeuta con voz suave, sosteniendo su libreta sob