—Quiero a la mejor curandera del territorio —gruñó Cassian al llegar al salón principal—. Ya.
Su Beta alzó la mirada, desconcertado.
—¿Está herida?
Cassian clavó los ojos en él, frío y letal.
—No preguntes, solo hazlo.
El guerrero asintió y desapareció.
Cassian no se movió.
Se quedó allí, de pie, con los puños cerrados y el pecho subiendo y bajando como si acabara de salir de una pelea.
Apretó los dientes.
Cada fibra de su cuerpo pedía una respuesta.
¿Qué le pasaba a ella?
¿Por qué vomitó?
¿Fue