Habían pasado semanas en las que Katherine no había cruzado una sola palabra con él.
Cassian la había encerrado en aquella habitación tras marcarla, sin explicaciones, sin caricias, sin promesas. Solo un portazo y el eco de una sentencia brutal en que la marcaba como suya.
Desde entonces, la habían mantenido vigilada día y noche. Dos machos custodiaban su puerta como si fuera una prisionera.
Katherine, sin embargo, no había gritado, ni llorado frente a ellos.
No les daría el placer de verla rot