—Vamos a encontrar el tesoro y vamos a pagarle a alguien para que nos diga la verdad —dijo Kash con esa lógica infantil que dolía por su inocencia.
Kaeron tragó saliva, no era tan niño como ellos.
Tenía once años y sabía perfectamente que este no era un mapa de tesoro común. La forma en que brillaba, la tinta, las coordenadas confusas... nada en ese papel era normal. Y sin embargo, no podía negarse a ayudar a sus sobrinos porque él también sentía curiosidad.
—No se separen de mí —ordenó con una