Stephano no la soltó ni un segundo.
Todavía con Adhara envuelta alrededor de su cuerpo, la levantó con facilidad y la llevó por el pasillo de la casa que él mismo había construido pensando en ella.
Sus labios no dejaban de besarla, su cuello, su hombro, la curva de su mandíbula.
Cada beso era lento, como si temiera que ella desapareciera.
—Ven conmigo —murmuró contra su piel—. Déjame cuidarte.
La llevó al baño principal, un espacio amplio y cálido. Abrió el agua caliente y la metió bajo el ch