Stephano la besó como si hubiera esperado toda una vida para hacerlo.
Sus labios se movieron contra los de Adhara con hambre contenida pero también con una reverencia que la hizo temblar.
Sus manos grandes bajaron por su espalda, deslizándose con lentitud por su cintura, como si quisiera memorizar cada curva.
—Adhara... —murmuró contra su boca con la voz enronquecida—. Dime que pare si es demasiado. Dime que...
Ella no lo dejó terminar.
Con una audacia que nacía del deseo acumulado y no de la