Adhara llegó al lugar de entrenamiento con una sonrisa soñadora aún pintada en sus labios.
Llevaba el cabello negro suelto, cayendo en ondas salvajes sobre su espalda y vestía un top ajustado y un pantalón de algodón que marcaban cada curva de su cuerpo esbelto. A pesar de la hora temprana, su expresión era risueña, casi juguetona, algo acostumbrado en ella.
—Buenos días, abuelo —canturreó acercándose a Kian con pasos ligeros.
El macho de porte imponente y mirada severa, cruzó los brazos sobre